I
- Habla fuerte y claro.
¿Qué es este dolor? – Nada, no importa, no esta, no existe.
¿No lo sientes? – Mórbido deseo el tuyo, lo siento, pero no importa.
¿Lo disfrutas? - ¡Claro que si! ¿Qué no es acaso el dolor placer?
No, no lo es - ¿Cómo, no lo es?
No, nunca lo ha sido. El dolor siempre quiso ser placer, el placer siempre quiso ser dolor. Pero están constantemente uno tras otro, sin tocarse, enloqueciendo a los que los siguen, porque no pueden diferenciarlos.
¿Sientes placer? – No, ahora lo se, no.
¿Por qué? – Soy adicto al dolor y la miseria, me provoca un lujurioso y tentador regocijo. El mió propio es muy dulce, el de los demás, me hace enloquecer en voluptuosidad.
¿Eres adicto al dolor? – Te lo he dicho, el dolor es placer.
No lo es, y a la vez, lo es – Lo es.
No, no lo es, pero sientes placer – Entonces soy un masoquista.
Lo eres – Lo soy.
II
¿Por qué has terminado aquí? – Mi dolor.
¿Adoras tanto tu dolor? ¿No deseas tener algo más? - ¿Qué mas me queda si no mi dolor? Del mundo la única certeza es la mentira, ¡Suculenta ironía!
Tu dolor es una farsa. ¿Eso dices? – Por supuesto. Nada hay que pudiese yo llorar con lagrimas verdaderas. Disfruto mucho haciendo que mi sufrimiento parezca real, pero todo es un relato, ficticio, facturado.
¿Entonces, ella? – Has dado en el punto, y me has desenmascarado. No todo mi dolor es falso, ahora lo recuerdo. Existe dolor en mi, real, y es el que mas punzante agonía produce.
¿En ti? – Y en otros.
¿Ella? – A ella, jamás.
¿Qué harás? - ¿Qué puedo hacer, por los dioses? Ella ha dicho “no”, con voz fría. Nací para envidiar a aquéllos que reciban un “si”. Es la injusticia, de esa marca con la que naces. Esa, que llamas rostro. Esa, que llamas cuerpo. Esa, que llamas… belleza.
¿Te consideras despojado de belleza? – Si pudiese lanzar una respuesta sobre una pregunta tan abominable, te haría de mi puño, aquí mismo.
Todo esto te limita. ¿Lo comprendes? – Lo entiendo. Sin embargo, el dolor es adictivo, soy su esclavo, su más devoto siervo, beso sus pies cada día, y su boca maravillosa cada noche. El dolor, vivo, palpitante, lo adoro, tanto que no puedo dejarlo.
No lo dejes. Pero abandona la mentira en el – El dolor es mentira.
Lo se. Pero aun en la mentira hay verdad. ¿No has dicho tú, con suma razón, que la única certeza del mundo es la mentira? – Así es. La mentira engendra una diametral verdad.
Deja que la mentira te enseñe la verdad sobre su propia naturaleza, y sobre el dolor que cargas para exacerbar tu conciencia a cada momento – Deja que examine mis entrañas.
III
¿Qué has hecho? – Me he arrancado los ojos.
¿Para que harías tal cosa? – Si no la veo, no veré la mentira insaciable, es decir, el dolor insoportable.
¿Acaso existe para ti, demonio retorcido, algún dolor tan terrible como para que no puedas soportarlo? - ¡Si, infierno sofocante, si que lo hay!
¿Cuál es ese, el que provoca una llama sobre tu piel, o el de tus pulmones estallando de felicidad? – El de Ella, como ninguno, y ninguno mas.
Eso es patético, y hermoso – Es horrible, es la voz del hambre clamando sin detenerse por un poco de comida. Maldita arpía harapienta que no se calla, y vive en mi cabeza mendigando un poco de comida. Maldita alimaña voraz, jamás saciada, siempre rogando y arrastrándose, por un poco de comida. ¡Maldita seas! ¡Hija del infierno que me ahoga y me arranca!
¿Entonces, has ofrendado cada uno de tus ojos ha su ignominiosa respuesta? - ¿Y como no hacerlo? Mi adorada, estandarte de todos mis altares, a ella dedico cada palabra de agonía, cada susurro sobre el suelo, mientras remuevo el polvo que dejan mis patéticas lagrimas. A ELLA, a la única a la que le debo este gozo infernal por mi propio fracaso. Ella es mi derrota definitiva, mi ruina, mi aniquilación. ¡Cuánto la adoro por eso!
Realmente eres un demonio terrible – Calla y arrodíllate, ahora voy a matarte.
No podrás, pues no puedes verme. Si no me ves, no me tocaras – Puedo verte, insensato, pues los que he arrancado, fueron los ojos de mi cordura.
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