El asesino.
Sin más precio que una botella llena de un líquido rojizo, precioso, la cabeza de John permanecía sobre la mesa. El estaba sentado a un lado, con su rostro oculto tras una pañoleta blanca y negra, moviendo con impaciencia su bien afilada daga sobre el suelo.
¿Qué más podría pedir? Se preguntaba. Aquella cabeza cercenada, inmoral, expuesta sobre la enorme madera de roble, tal vez valdría más que la botella que se le prometió. Lo que contenía la botella, era un secreto.
Y aunque valioso, su contenido podría no ser suficiente respuesta a su trabajo. Mientras dejaba que su daga pendiera de un lado al otro, las puertas del reciento se abrieron. Un hombre viejo, obeso, de rostro desagradable, sudoroso y algo sucio, pero ataviado con ropajes costosos, era quien arribaba. Llevaba consigo una sola cosa: Una botella cuyo contenido no era visible.
¿Y bien, le has matado? – Vocifero el viejo. Sin más prisa, una sola seña con el dedo fue suficiente para enseñarle la cabeza, impúdica en su desnudez, sobre la mesa. El desagradable hombre corrió, contemplando con una morbosa fascinación aquel mórbido trofeo.
He estado pensándolo, y creo que no es suficiente con lo que me traes – Dijo una voz que oscurecía el ambiente con su densa y metódica vibración.
¿Qué dices? – Contesto el viejo revelando su avariciosa naturaleza. ¿Qué más podrías tú pedirme a mí? –
Existe algo, y tendrás que dármelo o no saldrás vivo de aquí –
¿Te has vuelto loco? – Contesto el mercader. ¿Qué demonios quieres, dinero, joyas, mujeres? ¿Qué es? … Dímelo y te lo daré –
El asesino, cuya majestuosa presencia intimidaba enormemente al que días antes le hubiese contratado, se levanto, moviéndose por el recinto. Miro al viejo de arriba abajo, contemplando su grotesca apariencia, y mientras lo hacia, dejaba salir una que otra muestra de burla.
Quiero, uno de tus ojos – Dijo sin pensarlo mas.
El viejo enmudeció momentáneamente. ¿Qué era lo que quería decir, realmente iba a arrancarle un ojo?
¿Pero que dices, porque quieres dejarme tuerto? –
¡Cállate! – Respondió el asesino. ¡Tú no me interesas! Pero tus ojos han visto algo que yo deseo enormemente. Y quiero satisfacer mi dolor consumiendo uno de tus ojos. ¡Agradece que no te exija los dos!
¡Estas demente! – Exclamo el mercader. ¿Piensas que dejare que me pongas un dedo encima? ¡Ni lo sueñes! Además, ¿Qué cosa podría haber visto yo, que tanto lo deseas? ¿No te gustaría que yo te brindara más bien, esa cosa que tanto quieres? -
Esa cosa, como la llamas, cerdo repugnante, es algo sobre lo que tu dinero no tiene poder alguno. Ahora, póstrate, te arrancare el ojo con un solo movimiento –
El asesino arremetió contra el viejo hombre, sin vacilaciones, hasta alcanzarlo, alzo en un rápido moviendo su larga y fina daga, dejando que esta proyectara una siniestra sombra sobre el rostro pálido y lastimero de su ahora victima. Antes de soltar la estocada que le otorgaría su preciado premio, permitió a su otrora socio producir unas ultimas palabras.
Dime que es, terrible asesino, y te aseguro que haré lo que sea para dártelo. Permíteme intentarlo, pues no quiero perder mi ojo ni exponerme al terrible dolor de tan aterradora pérdida. Dime, pon a prueba mi astucia, no te fallare, ¿Qué podría ser lo que, un poderoso guerrero como tu, desea? –
¿Guerrero? ¡Ja!... Soy un mercenario, un asesino, un desalmado. Sin embargo, tus chillidos me divierten. Así que, para agravar tu desesperación, te contare que es lo que deseo. Pero ahora, de no poder dármelo, te exigiré un mayor precio por la cabeza de tu enemigo –
Así pues, con la daga aun por lo alto, el sombrío caminante se dispuso a relatar su historia. El viejo hombre colgaba de su otra mano, temblando pero a la vez, un poco aliviado, por la oportunidad que se le presentaba.
…
John Serol era un antiguo capitán de la guardia de la ciudad. Sus amigos lo respetaban, su familia lo adoraba, y la ciudad entera parecía resarcir sus años de servicio.
Sin embargo, un mercader avaricioso y opulento, venido del norte, ansiaba con fuerza algo que el “poseía”. Evidentemente, el avariento, eres tú. Se de tu fama, y de lo que de ti se decía. Tu enorme riqueza, y tu afán de proporcionarte el placer de satisfacer cualquier deseo que te sobreviniera. Y finalmente, luego de algún tiempo en la ciudad, añoraste algo fuera de tu propio alcance.
¿Y qué podría estar más allá de tu dinero? Algo muy sencillo. Una mujer. La hija de John Serol. Y aquel gordo, sucio y traicionero burgués estaba dispuesto a pagar lo que fuera con tal de someterla a sus retorcidos caprichos. ¿Crees que no lo sabía? Pues lo se.
Fue así como termine sirviendo a un miserable. Así fue como, seguí a un buen hombre hasta su casa. Así fue como atravesé el corazón de su hijo cuando trato de defenderlo. Y así fue como, antes de terminar mi diabólica tarea, mi corazón a su vez fue atravesado, por el rostro dulce y luminoso que tu mismo deseaste.
Y fue así como, a pesar de sentir el impulso de desistir, me gane su odio, matando a su padre, y hurtando el cuerpo para traer aquí esta sanguinaria prueba. La cabeza del padre de la mujer que deseo. Porque, a diferencia de lo que pienses, mi trabajo no me desagrada. Siento un placer casi inigualable al dejar que el filo de mi acero se resbale con agresividad o con gentileza sobre la piel indefensa de una de mis victimas. Pero, tal vez para mi sorpresa, tantos años en soledad han cobrado una sencilla cuota. Me he enamorado de quien no será mía jamás por su propia voluntad. Y, para empeorar mi situación, no quiero forzarla a nada -
…
Entonces, ¿Qué harás para darme aquello que deseo? ¿Le ofrecerás el dinero que ya ha rechazado? Puesto que, ¿Qué mas podrías intentar, tu, sucio y cobarde? -
No tubo que pensarlo mucho. Era imposible lo que se le exigía, y esto se revelo enseguida en su decaído semblante. El miedo calo profundamente, hasta lo mas hondo de su alma, y el asesino lo supo.
Mientras el mercader intentaba inútilmente de zafarse de las manos de su terrible agresor, no pudo evitar, presa del horror, reírse a carcajadas. El asesino, sin inmutarse ante la rara reacción, sintió sin embargo, curiosidad.
¿Ríes ante la pavorosa muerte que se cierne sobre ti? – Sentencio con una burlona mueca, en respuesta a las burlas que a su vez le eran lanzadas. El mercader contuvo su risa, para lanzar una última y desafiante respuesta.
Aun cuando serás el más mortífero de los asesinos, has sido doblegado por una inocente niña. Me das lastima, y espero en muerte lograr lo que no podré en vida, y vengarme de ti, sucia alimaña –
Dicho esto, y lanzada aquella ultima y osada amenaza, la daga voraz comenzó a desgarrar sus carnes. Tan violenta era su hambre, atizada por la ira, que poco quedo de el, que fuese reconocible. El cuarto entero quedo lavado en sangre, y las vísceras del miserable burgués quedaron esparcidas por todas partes, matizando la escena. El asesino, habiendo apenas salpicado solo un poco de la sangre sobre si mismo, se sacudió los pellejos que le colgaban sobre la mano, y los jirones de carne que habían quedado a sus pies. Tomo los ojos, como había sido su deseo, y se bebió el contenido de la botella.
El elixir lo condujo a un estado alterado de su propia percepción. Entonces, tomo los ojos, y los devoro. Para alguien que se había pasado la vida cegando vidas, era un confortable ritual.
Y más dulce aun, sabiendo que esos ojos, habían contemplado con poderosa lujuria lo que el más amaba. En cierta forma, siento que me acercaron un poco más a ella –